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	<title>Literatura Hispanoamericana</title>
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		<title>Literatura Hispanoamericana</title>
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		<item>
		<title>Nicolás Guillén (Cuba, 1902-1989)</title>
		<link>http://literaturahispanoamericana.wordpress.com/2009/12/17/nicolas-guillen-cuba-1902-1989/</link>
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		<pubDate>Thu, 17 Dec 2009 07:52:30 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
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		<description><![CDATA[En la Biblioteca Virtual Cervantes tenéis esta página sobre elpoeta.
Por aquí entráis al poemario Sóngoro Cosongo (1931) .
Y aquí podéis escuchar la voz del poeta leyendo sus textos .
       <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=111&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p>En la <a href="http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Guillen/">Biblioteca Virtual Cervantes tenéis esta página</a> sobre elpoeta.</p>
<p>Por aquí entráis al poemario <a href="http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/35771175103137940700080/p0000001.htm#2"><em>Sóngoro Cosongo</em> (1931)</a> .</p>
<p>Y aquí podéis escuchar <a href="http://www.cervantesvirtual.com/bib_autor/Guillen/voces.shtml">la voz del poeta leyendo sus textos</a> .</p>
  <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gocomments/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/comments/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godelicious/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/delicious/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/gostumble/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/stumble/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/godigg/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/digg/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/" /></a> <a rel="nofollow" href="http://feeds.wordpress.com/1.0/goreddit/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/"><img alt="" border="0" src="http://feeds.wordpress.com/1.0/reddit/literaturahispanoamericana.wordpress.com/111/" /></a> <img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=111&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" /></div>]]></content:encoded>
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	</item>
		<item>
		<title>Pablo Neruda (Chile, 1904-1973)</title>
		<link>http://literaturahispanoamericana.wordpress.com/2009/12/01/pablo-neruda-chile-1904-1973/</link>
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		<pubDate>Tue, 01 Dec 2009 14:16:08 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>

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Reseña biográfica:
Neftalí Ricardo  Reyes Basoalto nace en Parral, pero su infancia transcurre en Temuco, donde, tras la muerte de la madre del poeta cuando éste contaba apenas un mes de edad, su padre se había casado en segundas nupcias con la mujer a la que Neruda llamará su “Mamadre”. En el liceo de esta localidad [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=103&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><strong><span style="color:#ffffff;"><a href="http://tendenciaspoesia.files.wordpress.com/2009/10/neruda.jpg"><img title="neruda" src="http://tendenciaspoesia.files.wordpress.com/2009/10/neruda.jpg?w=92&#038;h=133" alt="neruda" width="92" height="133" /></a></span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Reseña biográfica:</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Neftalí Ricardo  Reyes Basoalto nace en Parral, pero su infancia transcurre en Temuco, donde, tras la muerte de la madre del poeta cuando éste contaba apenas un mes de edad, su padre se había casado en segundas nupcias con la mujer a la que Neruda llamará su “Mamadre”. En el liceo de esta localidad estudió humanidades. El pseudónimo Pablo Neruda lo adopta desde el año 20, antes ha publicado poemas en distintas revistas chilenas y ha desempeñado labores relacionadas con la literatura.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Desde 1921 vive en Santiago estudiando para ser profesor de francés. Publica su primer libro, <em>Crepusculario</em>, en 1923. Hasta diez años más tarde no se editó <em>El hondero entusiasta</em>, pero los poemas de ese libro fueron escritos en los primeros 20s. Son en su mayoría anteriores a los <em>Veinte poemas de amor y una canción desesperada</em> (1924). Del año 26 son <em>Anillos</em> y <em>El habitante y su esperanza. </em>En 1927 emprende un largo viaje hasta Birmania, donde será cónsul honorario en Rangún y convivirá con Josie Bliss, la misteriosa mujer que inspiró el “Tango del viudo”. Huirá de ella en 1928, asumiendo el consulado de Colombo (Ceylán), y posteriormente, en 1929, el de Batavia, en Java (donde se casa con María Antonieta Hagenaar) y en 1930 el de Singapur. Regresa a Chile en 1932. El año siguiente publica <em>El hondero entusiasta</em> y <em>Residencia en la tierra(1925-1931),</em> y marcha, de nuevo como diplomático,  a Buenos Aires primero y a Barcelona y Madrid después, en 1934 y 1935.  Este último año edita la revista <em>Caballo verde para la poesía.</em></span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">La guerra española lo desplaza a París y se separa de su esposa. En 1937 publica <em>España en el corazón</em>. Ya había fundado con César Vallejo el Grupo Hispanoamericano de Ayuda a España. En el 39 ejerce como cónsul para la emigración española, con sede en París. En el 40 regresa a Chile para volver a viajar como cónsul a México. Está escribiendo ya el Canto General.Viaja a Cuba en el 42; a Estados Unidos en el 43, también al Perú.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">En 1945 recibe el Premio Nacional de Poesía y se hace del Partido Comunista de Chile. También es elegido senador, cargo del que será destituido tres años después tras un juicio, se dictará una orden de detención contra él pero el poeta permanece escondido en su país hasta el 49.  Viajará por primera vez a la Unión soviética y la Europa del Este, luego a México. El<em> Canto General</em> se publica en 1950, Neruda hace múltiples viajes por todo el mundo en esos años, fijando su residencia en Italia hasta que se revoca su orden de detención y regresa a Chile. Otros dos poemarios fundamentales de Neruda, <em>Las uvas y el viento </em>y las <em>Odas elementales</em> se publican en 1954.  Con el tiempo se les añade <em>Memorial de Isla Negra</em> (1964).</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Neruda pasó gran parte de su vida viajando, recibió numerosos homenajes y muestras de reconocimiento, publicó cantidad de poemarios, casi todos memorables pero algunos lamentables debido a su carácter panfletario y descuido estético. Son bien conocidos muchos detalles de la biografía de Neruda, como las mujeres de su vida: Delia del Carril, Matilde Urrutia&#8230;, la pasión del poeta por sus exquisitas casas (La Chascona, la Sebastiana&#8230; ) sus colecciones de caracolas, de mascarones, etc.  y sobre todo, que obtuvo el premio Nobel en 1971.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">De<em> Veinte poemas de amor y una canción desesperada</em>:</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">I<br />
</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Cuerpo de mujer, blancas colinas, muslos              blancos,<br />
te pareces al mundo en tu actitud de entrega.<br />
Mi cuerpo de labriego salvaje te socava<br />
y hace saltar el hijo del fondo de la tierra.<br />
Fui solo como un túnel. De mí huían los pájaros<br />
y en mí la noche entraba su invasión poderosa.<br />
Para sobrevivirme te forjé como un arma,<br />
como una flecha en mi arco, como una piedra en mi honda.<br />
Pero cae la hora de la venganza, y te amo.<br />
Cuerpo de piel, de musgo, de leche ávida y firme.<br />
Ah los vasos del pecho! Ah los ojos de ausencia!<br />
Ah las rosas del pubis! Ah tu voz lenta y triste!<br />
Cuerpo de mujer mía, persistirá en tu gracia.<br />
Mi sed, mi ansia sin limite, mi camino indeciso!<br />
Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,<br />
y la fatiga sigue, y el dolor infinito. </span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;"><br />
</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">15</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Me gustas cuando callas porque estás como              ausente,<br />
y me oyes desde lejos, y mi voz no te toca.<br />
Parece que los ojos se te hubieran volado<br />
y parece que un beso te cerrara la boca.<br />
Como todas las cosas están llenas de mi alma<br />
emerges de las cosas, llena del alma mía.<br />
Mariposa de sueño, te pareces a mi alma,<br />
y te pareces a la palabra melancolía;<br />
Me gustas cuando callas y estás como distante.<br />
Y estás como quejándote, mariposa en arrullo.<br />
Y me oyes desde lejos, y mi voz no te alcanza:<br />
déjame que me calle con el silencio tuyo.<br />
Déjame que te hable también con tu silencio<br />
claro como una lámpara, simple como un anillo.<br />
Eres como la noche, callada y constelada.<br />
Tu silencio es de estrella, tan lejano y sencillo.<br />
Me gustas cuando callas porque estás como ausente.<br />
Distante y dolorosa como si hubieras muerto.<br />
Una palabra entonces, una sonrisa bastan.<br />
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto. </span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;"> 20</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Puedo escribir los versos más tristes esta noche.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Escribir, por ejemplo: &#8220;La noche está estrellada,<br />
y tiritan, azules, los astros, a lo lejos&#8221;.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">El viento de la noche gira en el cielo y canta.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Puedo escribir los versos más tristes esta noche.<br />
Yo la quise, y a veces ella también me quiso.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">En las noches como ésta la tuve entre mis brazos.<br />
La besé tantas veces bajo el cielo infinito.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Ella me quiso, a veces yo también la quería.<br />
Cómo no haber amado sus grandes ojos fijos.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Puedo escribir los versos más tristes esta noche.<br />
Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Oir la noche inmensa, más inmensa sin ella.<br />
Y el verso cae al alma como al pasto el rocío.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Qué importa que mi amor no pudiera guardarla.<br />
La noche está estrellada y ella no está conmigo.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos.<br />
Mi alma no se contenta con haberla perdido.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Como para acercarla mi mirada la busca.<br />
Mi corazón la busca, y ella no está conmigo.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">La misma noche que hace blanquear los mismos<br />
árboles.<br />
Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.<br />
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">De otro. Será de otro. Como antes de mis besos.<br />
Su voz, su cuerpo claro. Sus ojos infinitos.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero.<br />
Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Porque en noches como ésta la tuve entre mis<br />
brazos,<br />
mi alma no se contenta con haberla perdido.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Aunque éste sea el último dolor que ella me causa,<br />
y éstos sean los últimos versos que yo le escribo.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">La canción desesperada<br />
</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Emerge tu recuerdo de la noche en que              estoy.<br />
El río anuda al mar su lamento obstinado.<br />
Abandonado como los muelles en el alba.<br />
Es la hora de partir, oh abandonado!<br />
Sobre mi corazón llueven frías corolas.<br />
Oh sentina de escombros, feroz cueva de náufragos!<br />
En ti se acumularon las guerras y los vuelos.<br />
De ti alzaron las alas los pájaros del canto.<br />
Todo te lo tragaste, como la lejanía.<br />
Como el mar, como el tiempo. Todo en ti fue naufragio !<br />
Era la alegre hora del asalto y el beso.<br />
La hora del estupor que ardía como un faro.<br />
Ansiedad de piloto, furia de buzo ciego,<br />
turbia embriaguez de amor, todo en ti fue naufragio!<br />
En la infancia de niebla mi alma alada y herida.<br />
Descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!<br />
Te ceñiste al dolor, te agarraste al deseo.<br />
Te tumbó la tristeza, todo en ti fue naufragio!<br />
Hice retroceder la muralla de sombra.<br />
anduve más allá del deseo y del acto.<br />
Oh carne, carne mía, mujer que amé y perdí,<br />
a ti en esta hora húmeda, evoco y hago canto.<br />
Como un vaso albergaste la infinita ternura,<br />
y el infinito olvido te trizó como a un vaso.<br />
Era la negra, negra soledad de las islas,<br />
y allí, mujer de amor, me acogieron tus brazos.<br />
Era la sed y el hambre, y tú fuiste la fruta.<br />
Era el duelo y las ruinas, y tú fuiste el milagro.<br />
Ah mujer, no sé cómo pudiste contenerme<br />
en la tierra de tu alma, y en la cruz de tus brazos!<br />
Mi deseo de ti fue el más terrible y corto,<br />
el más revuelto y ebrio, el más tirante y ávido.<br />
Cementerio de besos, aún hay fuego en tus tumbas,<br />
aún los racimos arden picoteados de pájaros.<br />
Oh la boca mordida, oh los besados miembros,<br />
oh los hambrientos dientes, oh los cuerpos trenzados.<br />
Oh la cópula loca de esperanza y esfuerzo<br />
en que nos anudamos y nos desesperamos.<br />
Y la ternura, leve como el agua y la harina.<br />
Y la palabra apenas comenzada en los labios.<br />
Ese fue mi destino y en él viajó mi anhelo,<br />
y en el cayó mi anhelo, todo en ti fue naufragio!<br />
Oh sentina de escombros, en ti todo caía,<br />
qué dolor no exprimiste, qué olas no te ahogaron.<br />
De tumbo en tumbo aún llameaste y cantaste<br />
de pie como un marino en la proa de un barco.<br />
Aún floreciste en cantos, aún rompiste en corrientes.<br />
Oh sentina de escombros, pozo abierto y amargo.<br />
Pálido buzo ciego, desventurado hondero,<br />
descubridor perdido, todo en ti fue naufragio!<br />
Es la hora de partir, la dura y fría hora<br />
que la noche sujeta a todo horario.<br />
El cinturón ruidoso del mar ciñe la costa.<br />
Surgen frías estrellas, emigran negros pájaros.<br />
Abandonado como los muelles en el alba.<br />
Sólo la sombra trémula se retuerce en mis manos.<br />
Ah más allá de todo. Ah más allá de todo.<br />
Es la hora de partir. Oh abandonado.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">De <em>Residencia en la  Tierra I</em>:</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">GALOPE MUERTO </span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Como cenizas, como mares poblándose,<br />
en la sumergida lentitud, en lo informe,<br />
o como se oyen desde el alto de los caminos<br />
cruzar las campanadas en cruz,<br />
teniendo ese sonido ya aparte del metal,<br />
confuso, pesando, haciéndose polvo<br />
en el mismo molino de las formas demasiado lejos,<br />
o recordadas o no vistas,<br />
y el perfume de las ciruelas que rodando a tierra<br />
se pudren en el tiempo, infinitamente verdes.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Aquello todo tan rápido, tan viviente,<br />
inmóvil sin embargo, como polea loca en sí misma,<br />
esas ruedas de los motores, en fin.<br />
Existiendo como las puntadas secas en las costuras del árbol,<br />
callado, por alrededor, de tal modo,<br />
mezclando todos los limbos de sus colas.<br />
Es que de dónde, por dónde, en qué orilla?</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">El rodeo constante, incierto, tan mudo,<br />
como las lilas alrededor del convento,<br />
o la llegada de la muerte a la lengua del buey<br />
que cae a tumbos, guardabajo, y cuyos cuernos quieren sonar.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Por eso, en lo inmóvil, deteniéndose, percibir,<br />
entonces, como aleteo inmenso, encima,<br />
como abejas muertas o números,<br />
ay, lo que mi corazón pálido no puede abarcar,<br />
en multitudes, en lágrimas saliendo apenas,<br />
y esfuerzos humanos, tormentas,<br />
acciones negras descubiertas de repente<br />
como hielos, desorden vasto,<br />
oceánico, para mí que entro cantando<br />
como una espada entre los indefensos.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Ahora bien, de qué está hecho ese surgir de palomas<br />
que hay entre la noche y el tiempo, como una barranca húmeda?<br />
Ese sonido ya tan largo<br />
que cae listando de piedras los caminos,<br />
más bien, cuando sólo una hora<br />
crece de improviso, extendiéndose sin tregua.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Adentro del anillo del verano<br />
una vez los grandes zapallos escuchan,<br />
estirando sus plantas conmovedoras,<br />
de eso, de lo que solicitándose mucho,<br />
de lo lleno, obscuros de pesadas gotas.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">UNIDAD </span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Hay algo denso, unido, sentado en el fondo,<br />
repitiendo su número, su señal idéntica.<br />
Cómo se nota que las piedras han tocado el tiempo,<br />
en su fina materia hay olor a edad,<br />
y el agua que trae el mar, de sal y sueño.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Me rodea una misma cosa, un solo movimiento:<br />
el peso del mineral, la luz de la miel,<br />
se pegan al sonido de la palabra noche:<br />
la tinta del trigo, del marfil, del llanto,<br />
envejecidas, desteñidas, uniformes,<br />
se unen en torno a mí como paredes.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Trabajo sordamente, girando sobre mí mismo,<br />
como el cuervo sobre la muerte, el cuervo de luto.<br />
Pienso, aislado en lo extremo de las estaciones,<br />
central, rodeado de geografía silenciosa:<br />
una temperatura parcial cae del cielo,<br />
un extremo imperio de confusas unidades<br />
se reúne rodeándome.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Sobre una poesía sin pureza</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;">Es muy conveniente, en ciertas horas del dia o de la noche, observar profundamente los objetos en descanso: Las ruedas que han recorrido largas, polvorientas distancias, soportando grandes cargas vegetales o minerales, los sacos de las carbonerias, los barriles, las cestas, los mangos y asas de los instrumentos del carpintero. De ellos se desprende el contacto del hombre y de la tierra como una lección para el torturado poeta lírico. Las superfícies usadas, el gasto que las manos han infligido a las cosas, la atmósfera a menudo trágica y siempre patética de estos objetos, infunde una especie de atracción no despreciable hacia la realidad del mundo.<br />
La confusa impureza de los seres humanos se percibe en ellos, la agrupación, uso y desuso de los materiales, las huellas del pie y de los dedos, la constancia de una atmósfera humana inundando las cosas desde lo interno y lo externo.<br />
Así sea la poesia que buscamos, gastada como por un ácido por los deberes de la mano, penetrada por el sudor y el humo, oliente a orina y a azucena salpicada por las diversas profesiones que se ejercen dentro y fuera de la ley.<br />
Una poesia impura como un traje, como un cuerpo, con manchas de nutrición, y actitudes vergonzosas, con arrugas, observaciones, sueños, vigilia, profecías, declaraciones de amor y de revolta, bestias, sacididas, idilios, creencias políticas, negaciones, dudas, afirmaciones, impuestos.<br />
La sagrada ley del madrigal y los decretos del tacto, olfato, gusto, vista, oído, el deseo de justicia, el deseo sexual, el ruido del océano, sin excluir deliberadamente nada, la entrada en la profundidad de las cosas en un acto de arrebatado amor, y el producto poesía manchado de palomas digitales, con huellas de dientes y hielo, roído tal vez levemente por el sudor y el uso. Hasta alcanzar esa dulce super ficie del instrumento tocado sin descanso, esa suavidad durísima de la madera manejada, del orgulloso hierro. La flor, el trigo, el agua tienen también esa consistencia especial, ese recurso de un magnífico tacto.<br />
Y no olvidemos nunca la melancolía, el gastado sentimentalismo, perfectos frutos impuros de maravillosa calidad olvidada, dejados atrás por el frenético libresco: la luz de la luna, el cisne en el anochecer, “ corazón mío” son sin duda lo poético elemental e imprescindible. Quien huye del mal gusto cae en el hielo.</span></strong></p>
<p><strong><span style="color:#ffffff;"><em> Caballo Verde para la Poesía</em> (1935)</span></strong></p>
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			<media:title type="html">neruda</media:title>
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		<title>César Vallejo (Perú, 1892-1938)</title>
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		<pubDate>Tue, 17 Nov 2009 10:19:26 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>

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		<description><![CDATA[
Biografía de César Vallejo 1
Biografía de César Vallejo 2
Biografía de César Vallejo 3
Biografía de César Vallejo 4
Biografía de César Vallejo 5
Biografía de César Vallejo 6
César Abraham Vallejo nació en la localidad andina de Santiago de Chuco en una familia numerosa, sus padres ya tenían once hijos. Alumno destacado desde pequeño, en 1910 se matricula en [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=90&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
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<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=e1B2usfxrdY">Biografía de César Vallejo 1</a></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=vlgLFO2UkVo">Biografía de César Vallejo 2</a></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=KtFVGMPC1Ng">Biografía de César Vallejo 3</a></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=NMNBS5EqC-Y">Biografía de César Vallejo 4</a></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=EQj0IvyrT0A">Biografía de César Vallejo 5</a></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=5FJB_Uj7uoI">Biografía de César Vallejo 6</a></p>
<p>César Abraham Vallejo nació en la localidad andina de Santiago de Chuco en una familia numerosa, sus padres ya tenían once hijos. Alumno destacado desde pequeño, en 1910 se matricula en la Facultad de Filosofía y Letras de Trujillo. El año siguiente marcha a Lima pensando estudiar Medicina, pero regresará pronto. Su experiencia como trabajador azucarero en la hacienda Roma va a marcar su juventud: las durísimas e injustas condiciones de los peones condenados a un trabajo extenuante de sol a sol y retenidos por deudas que implican a sus descendientes no pueden dejarle indiferente. En 1913 decide dejar ese entorno y volver a estudiar, Letras y también Derecho, trabajando en un colegio como profesor también. Se integra en los círculos bohemios e intelectuales de Trujillo y publica sus primeros versos, pero en 1918 llega de nuevo a Lima con un cuaderno de poemas que irá publicando en periódicos y revistas. Sin recursos económicos, el puesto de director de un colegio lo sacará del apuro mientras continúa estudiando un doctorado en la Universidad de San Marcos. En esta época protagoniza un episodio trágico: su amante queda embarazada y él la obliga a abortar: la jovencita muere durante la intervención y Vallejo arrastrará esa culpa. La muerte de su madre en agosto del 18 lo destroza aún más. <em>Los heraldos negros</em> se publica en 1919. En 1920 es acusado injustamente de provocar un incendio y disturbios políticos. Será y encarcelado del 6 de noviembre al 26 de febrero siguiente, para resultar finalmente absuelto. Pero la vivencia de la cárcel lo marca. Allí escribiría muchos de los versos de <em>Trilce</em> (1922), el poemario que cambiaría la poesía del siglo XX y que sin embargo pasó casi desapercibido en la Lima del laureado Santos Chocano.</p>
<p>En 1923 Vallejo embarca hacia Europa siguiendo un viejo deseo. Sin recursos, sin relaciones, sin conocer el idioma, llega a París en julio para pasar necesidad y sufrir graves problemas de salud. No obstante las penurias, recibirá ayuda de amigos y seguirá ampliando su círculo, conocerá entre otros a Juan Gris, a quien será muy cercano, y con el tiempo se relacionará con los surrealistas y entre 1925 y 1930 realizará interesantes trabajos periodísticos y tendrá acceso a cantidad de actividades culturales, pero el poeta no se desprende de su insatisfacción y tristeza radicales: “Todo esto no es ni yo ni mi vida<strong><em>“</em>.</strong> Entre 1927 y 28 una profunda crisis le lleva a estudiar críticamente el marxismo, y cae enfermo para tras un breve periodo de convalecencia visitar la Unión Soviética. Al mes de su regreso crea en París una célula marxista peruana. Declarado como “indeseable”, será expulsado del territorio francés y a finales de 1930 parte para España, donde ya había publicado el mismo año una segunda edición de <em>Trilce.</em> <em>El tungsteno</em>, novela proletaria, se escribe y publica entonces. Su situación económica empeora  tras un grave accidente en su tercer viaje a la Unión Soviética, donde se gestan los <em>Poemas humanos, </em>pero no consigue estrenar sus obras teatrales. En 1932 regresa a Francia. Regresará a España para participar en el congreso internacional de escritores antifascistas y escribe <em>España, aparta de mi este cáliz</em>. Le llegó la muerte en París, en las circunstancias que él mismo había imaginado en unos versos.</p>
<p>De <em>Trilce</em>:</p>
<p><strong>I</strong></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Quién hace tanta bulla y ni deja<br />
Testar las islas que van quedando.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Un poco más de consideración<br />
en cuanto será tarde, temprano,<br />
y se aquilatará mejor<br />
el guano, la simple calabrina tesórea<br />
que brinda sin querer,<br />
en el insular corazón,<br />
salobre alcatraz, a cada hialóidea grupada.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Un poco más de consideración,<br />
y el mantillo líquido, seis de la tarde<br />
DE LOS MÁS SOBERBIOS BEMOLES.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Y la península párase<br />
por la espalda, abozaleada, impertérrita<br />
en la línea mortal del equilibrio.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>II</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Tiempo Tiempo</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Mediodía estancado entre relentes.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Bomba aburrida del cuartel achica</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>tiempo tiempo tiempo tiempo.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Era Era.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Gallos cancionan escarbando en vano.<br />
Boca del claro día que conjuga<br />
era era era era.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Mañana Mañana.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>El reposo caliente aún de ser.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Piensa el presente guárdame para</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>mañana mañana mañana mañana.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Nombre Nombre.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>¿Qué se llama cuanto heriza nos?<br />
Se llama Lomismo que padece<br />
nombre nombre nombre nombrE.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong> III</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Las personas mayores<br />
¿a qué hora volverán?<br />
Da las seis el ciego Santiago,<br />
y ya está muy oscuro.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Madre dijo que no demoraría.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Aguedita, Nativa, Miguel,<br />
cuidado con ir por ahí, por donde<br />
acaban de pasar gangueando sus memorias<br />
dobladoras penas,<br />
hacia el silencioso corral, y por donde<br />
las gallinas que se están acostando todavía,<br />
se han espantado tanto.<br />
Mejor estemos aquí no más.<br />
Madre dijo que no demoraría.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Ya no tengamos pena. Vamos viendo<br />
los barcos ¡el mío es más bonito de todos!<br />
con los cuales jugamos todo el santo día,<br />
sin pelearnos, como debe de ser:<br />
han quedado en el pozo de agua, listos,<br />
fletados de dulces para mañana.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Aguardemos así, obedientes y sin más<br />
remedio, la vuelta, el desagravio<br />
de los mayores siempre delanteros<br />
dejándonos en casa a los pequeños,<br />
como si también nosotros</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>no pudiésemos partir.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Aguedita, Nativa, Miguel?<br />
Llamo, busco al tanteo en la oscuridad.<br />
No me vayan a haber dejado solo,<br />
y el único recluso sea yo.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>V</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Grupo dicotiledón. Oberturan<br />
desde él petreles, propensiones de trinidad,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>finales que comienzan, ohs de ayes</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>creyérase avaloriados de heterogeneidad.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>¡Grupo de los dos cotiledones!</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>A ver. Aquello sea sin ser más.<br />
A ver. No trascienda hacia afuera,<br />
y piense en són de no ser escuchado,<br />
y crome y no sea visto.<br />
Y no glise en el gran colapso.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>La creada voz rebélase y no quiere<br />
ser malla, ni amor.<br />
Los novios sean novios en eternidad.<br />
Pues no deis 1, que resonará al infinito.<br />
Y no deis 0, que callará tánto,<br />
hasta despertar y poner de pie al 1.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Ah grupo bicardiaco.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>IX</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Vusco volvvver de golpe el golpe.<br />
Sus dos hojas anchas, su válvula<br />
que se abre en suculenta recepción<br />
de multiplicando a multiplicador,<br />
su condición excelente para el placer,<br />
todo avía verdad.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Busco volvver de golpe el golpe.<br />
A su halago, enveto bolivarianas fragosidades<br />
a treintidós cables y sus múltiples,<br />
se arrequintan pelo por pelo<br />
soberanos belfos, los dos tomos de la Obra,<br />
y no vivo entonces ausencia,<br />
ni al tacto.<br />
Fallo bolver de golpe el golpe.<br />
No ensillaremos jamás el toroso Vaveo<br />
de egoísmo y de aquel ludir mortal<br />
de sábana,<br />
desque la mujer esta<br />
¡cuánto pesa de general!</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Y hembra es el alma de la ausente.<br />
Y hembra es el alma mía.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>XIII</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Pienso en tu sexo.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Simplificado el corazón, pienso en tu sexo,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>ante el hijar maduro del día.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Palpo el botón de dicha, está en sazón.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Y muere un sentimiento antiguo</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>degenerado en seso.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Pienso en tu sexo, surco más prolífico</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>y armonioso que el vientre de la Sombra,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>aunque la  Muerte concibe y pare</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>de Dios mismo.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Oh Conciencia,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>pienso, sí, en el bruto libre</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>que goza donde quiere, donde puede.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Oh, escándalo de miel de los crepúsculos.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Oh estruendo mudo.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Odumodneurtse!</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>XXIII</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Tahona estuosa de aquellos mis bizcochos</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>pura yema infantil innumerable, madre.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Oh tus cuatro gorgas, asombrosamente</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>mal plañidas, madre: tus mendigos.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Las dos hermanas últimas, Miguel que ha muerto</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>y yo arrastrando todavía</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>una trenza por cada letra del abecedario.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>En la sala de arriba nos repartías</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>de mañana, de tarde, de dual estiba,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>aquellas ricas hostias de tiempo, para</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>que ahora nos sobrasen</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>cáscaras de relojes en flexión de las 24</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>en punto parados.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Madre, y ahora! Ahora, en cuál alvéolo</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>quedaría, en qué retoño capilar,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>cierta migaja que hoy se me ata al cuello</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>y no quiere pasar. Hoy que hasta</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>tus puros huesos estarán harina</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>que no habrá en qué amasar</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>¡tierna dulcera de amor,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>hasta en la cruda sombra, hasta en el gran molar</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>cuya encía late en aquel lácteo hoyuelo</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>que inadvertido lábrase y pulula ¡tú lo viste tánto!</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>en las cerradas manos recién nacidas.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Tal la tierra oirá en tu silenciar,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>cómo nos van cobrando todos</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>el alquiler del mundo donde nos dejas</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>y el valor de aquel pan inacabable.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Y nos lo cobran, cuando, siendo nosotros</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>pequeños entonces, como tú verías,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>no se lo podíamos haber arrebatado</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>a nadie; cuando tú nos lo diste,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>¿di, mamá?</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>XXVII</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Me da miedo ese chorro,<br />
buen recuerdo, señor fuerte, implacable<br />
cruel dulzor. Me da miedo.<br />
Esta casa me da entero bien, entero<br />
lugar para este no saber dónde estar.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>No entremos. Me da miedo este favor<br />
de tornar por minutos, por puentes volados.<br />
Yo no avanzo, señor dulce,<br />
recuerdo valeroso, triste<br />
esqueleto cantor.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Qué contenido, el de esta casa encantada,<br />
me da muertes de azogue, y obtura<br />
con plomo mis tomas<br />
a la seca actualidad.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>El chorro que no sabe a cómo vamos,<br />
dame miedo, pavor.<br />
Recuerdo valeroso, yo no avanzo.<br />
Rubio y triste esqueleto, silba, silba.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>XXVIII</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>He almorzado solo ahora, y no he tenido</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>madre, ni súplica, ni sírvete, ni agua,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>ni padre que, en el facundo ofertorio</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>de los choclos, pregunte para su tardanza</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>de imagen, por los broches mayores del sonido.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Cómo iba yo a almorzar. Cómo me iba a servir</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>de tales platos distantes esas cosas,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>cuando habráse quebrado el propio hogar,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>cuando no asoma ni madre a los labios.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Cómo iba yo a almorzar nonada.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>A la mesa de un buen amigo he almorzado</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>con su padre recién llegado del mundo,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>con sus canas tías que hablan</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>en tordillo retinte de porcelana,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>bisbiseando por todos sus viudos alvéolos;</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>y con cubiertos francos de alegres tiroriros,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>porque estánse en su casa. Así, ¡qué gracia!</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Y me han dolido los cuchillos</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>de esta mesa en todo el paladar.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>El yantar de estas mesas así, en que se prueba</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>amor ajeno en vez del propio amor,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>torna tierra el brocado que no brinda la</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>MADRE,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>hace golpe la dura deglución; el dulce,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>hiel; aceite funéreo, el café.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Cuando ya se ha quebrado el propio hogar,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>y el sírvete materno no sale de la</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>tumba,</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>la cocina a oscuras, la miseria de amor.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong> </strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>XXXVII</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>He conocido a una pobre muchacha<br />
a quien conduje hasta la escena.<br />
La madre, sus hermanas qué amables y también<br />
aquel su infortunado “tú no vas a volver”.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Como en cierto negocio me iba   admirablemente,<br />
me rodeaban de un aire de dinasta florido.<br />
La novia se volvía agua,<br />
y cuán bien me solía llorar<br />
su amor mal aprendido.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Me gustaba su tímida marinera<br />
de humildes aderezos al dar las vueltas,<br />
y cómo su pañuelo trazaba puntos,<br />
tildes, a la melografía de su bailar de juncia.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Y cuando ambos burlamos al párroco,<br />
quebróse mi negocio y el suyo<br />
y la esfera barrida.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>De <em>Los heraldos negros</em>:</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Hermano, hoy estoy en el poyo de la casa,<br />
donde nos haces una falta sin fondo.<br />
Me acuerdo que jugábamos a esta hora, y que<br />
mamá<br />
nos acariciaba: &#8220;Pero hijos&#8230;&#8221;</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Ahora yo me escondo,<br />
como antes, todas estas oraciones<br />
vespertinas, y espero que tú no des conmigo<br />
Por la sala, el zaguán, los corredores.<br />
Después, te ocultas tú, y yo no doy contigo.<br />
Me acuerdo que nos hacíamos llorar,<br />
hermano, en aquel juego.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Miguel, tú te escondiste<br />
una noche de agosto, al alborear;<br />
pero, en vez de ocultarte riendo, estabas triste.<br />
Y tu gemelo corazón de esas tardes<br />
extintas se ha aburrido de no encontrarte. Y ya<br />
cae sombra en el alma.</strong></span></p>
<p><span style="color:#ffffff;"><strong>Oye hermano, no tardes<br />
en salir. ¿Bueno? Puede inquietarse mamá.</strong></span></p>
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			<media:title type="html">vallejo</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>Oliverio Girondo</title>
		<link>http://literaturahispanoamericana.wordpress.com/2009/11/11/oliverio-girondo/</link>
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		<pubDate>Wed, 11 Nov 2009 14:23:48 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>

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		<description><![CDATA[Llorar a lágrima viva&#8230;
Llorar a lágrima viva.
Llorar a chorros.
Llorar la digestión.
Llorar el sueño.
Llorar ante las puertas y los puertos.
Llorar de amabilidad y de amarillo.
Abrir las canillas,
las compuertas del llanto.
Empaparnos el alma, la camiseta.
Inundar las veredas y los paseos,
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
Asistir a los cursos de antropología, llorando.
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
Atravesar el [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=85&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=1ZCp0RHy-gk"><span style="color:#ffffff;">Llorar a lágrima viva&#8230;</span></a></p>
<p><a href="http://www.youtube.com/watch?v=1ZCp0RHy-gk"><span style="color:#ffffff;">Llorar a lágrima viva.<br />
Llorar a chorros.<br />
Llorar la digestión.<br />
Llorar el sueño.<br />
Llorar ante las puertas y los puertos.<br />
Llorar de amabilidad y de amarillo.<br />
Abrir las canillas,<br />
las compuertas del llanto.<br />
Empaparnos el alma, la camiseta.<br />
Inundar las veredas y los paseos,<br />
y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.<br />
Asistir a los cursos de antropología, llorando.<br />
Festejar los cumpleaños familiares, llorando.<br />
Atravesar el África, llorando.<br />
Llorar como un cacuy, como un cocodrilo&#8230;<br />
si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos<br />
no dejan nunca de llorar.<br />
Llorarlo todo, pero llorarlo bien.<br />
Llorarlo con la nariz, con las rodillas.<br />
Llorarlo por el ombligo, por la boca.<br />
Llorar de amor, de hastío, de alegría.<br />
Llorar de frac, de flato, de flacura.<br />
Llorar improvisando, de memoria.<br />
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!</span></a></p>
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			<media:title type="html">Beatriz</media:title>
		</media:content>
	</item>
		<item>
		<title>Jorge Luis Borges (Cuentos para relacionar con poemas). &#8220;El Aleph&#8221;</title>
		<link>http://literaturahispanoamericana.wordpress.com/2009/10/30/jorge-luis-borges-cuentos-para-relacionar-con-poemas-el-aleph/</link>
		<comments>http://literaturahispanoamericana.wordpress.com/2009/10/30/jorge-luis-borges-cuentos-para-relacionar-con-poemas-el-aleph/#comments</comments>
		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 14:21:50 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[1]]></category>
		<category><![CDATA[Jorge Luis Borges. Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[El aleph



O God, I could be bounded in a        nutshell
and count myself a King of infinite space. 


Hamlet, II, 2



But they will teach us that        Eternity is the Standing still of the Present Time, a Nunc-stans (ast     [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=81&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><span style="color:#ff6600;"><strong>El aleph</strong></span></p>
<table id="AutoNumber1" border="0" cellspacing="1" width="50%">
<tbody>
<tr>
<td width="100%"><span style="color:#ff6600;">O God, I could be bounded in a        nutshell<br />
and count myself a King of infinite space. </span></td>
</tr>
<tr>
<td width="100%"><span style="color:#ff6600;"><em>Hamlet</em>, II, 2<br />
</span></td>
</tr>
<tr>
<td width="100%"><span style="color:#ff6600;">But they will teach us that        Eternity is the Standing still of the Present Time, a <em>Nunc-stans</em> (ast        the Schools call it); which neither they, nor any else understand, no more        than they would a <em>Hic-stans</em> for an Infinite greatnesse of Place.</span></td>
</tr>
<tr>
<td width="100%" align="justify"><span style="color:#ff6600;"><em>Leviathan</em>, IV, 46 </span></td>
</tr>
</tbody>
</table>
<p><span style="color:#ff6600;">La candente mañana de febrero en que Beatriz Viterbo  murió, después de una imperiosa agonía que no se rebajó un solo instante ni al  sentimentalismo ni al miedo, noté que las carteleras de fierro de la Plaza  Constitución habían renovado no sé qué aviso de cigarrillos rubios; el hecho me  dolió, pues comprendí que el incesante y vasto universo ya se apartaba de ella y  que ese cambio era el primero de una serie infinita. Cambiará el universo pero  yo no, pensé con melancólica vanidad; alguna vez, lo sé, mi vana devoción la  había exasperado; muerta yo podía consagrarme a su memoria, sin esperanza, pero  también sin humillación. Consideré que el treinta de abril era su cumpleaños;  visitar ese día la casa de la calle Garay para saludar a su padre y a Carlos  Argentino Daneri, su primo hermano, era un acto cortés, irreprochable, tal vez  ineludible. De nuevo aguardaría en el crepúsculo de la abarrotada salita, de  nuevo estudiaría las circunstancias de sus muchos retratos. Beatriz Viterbo, de  perfil, en colores; Beatriz, con antifaz, en los carnavales de 1921; la primera  comunión de Beatriz; Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz,  poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes,  con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le  regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano  en el mentón&#8230; No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia  con módicas ofrendas de libros: libros cuyas páginas, finalmente, aprendí a  cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Beatriz Viterbo murió en 1929; desde entonces, no dejé  pasar un treinta de abril sin volver a su casa. Yo solía llegar a las siete y  cuarto y quedarme unos veinticinco minutos; cada año aparecía un poco más tarde  y me quedaba un rato más; en 1933, una lluvia torrencial me favoreció: tuvieron  que invitarme a comer. No desperdicié, como es natural, ese buen precedente; en  1934, aparecí, ya dadas las ocho, con un alfajor santafecino; con toda  naturalidad me quedé a comer. Así, en aniversarios melancólicos y vanamente  eróticos, recibí las graduales confidencias de Carlos Argentino Daneri. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Beatriz era alta, frágil, muy ligeramente inclinada;  había en su andar (si el oxímoron<sup><a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/aleph.htm#*"><span style="font-size:x-small;">*</span></a></sup> es tolerable) una como graciosa torpeza, un principio de éxtasis; Carlos  Argentino es rosado, considerable, canoso, de rasgos finos. Ejerce no sé qué  cargo subalterno en una biblioteca ilegible de los arrabales del Sur; es  autoritario, pero también es ineficaz; aprovechaba, hasta hace muy poco, las  noches y las fiestas para no salir de su casa. A dos generaciones de distancia,  la ese italiana y la copiosa gesticulación italiana sobreviven en él. Su  actividad mental es continua, apasionada, versátil y del todo insignificante.  Abunda en inservibles analogías y en ociosos escrúpulos. Tiene (como Beatriz)  grandes y afiladas manos hermosas. Durante algunos meses padeció la obsesión de  Paul Fort, menos por sus baladas que por la idea de una gloria intachable. &#8220;Es  el Príncipe de los poetas de Francia&#8221;, repetía con fatuidad. &#8220;En vano te  revolverás contra él; no lo alcanzará, no, la más inficionada de tus saetas.&#8221; </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">El treinta de abril de 1941 me permití agregar al  alfajor una botella de coñac del país. Carlos Argentino lo probó, lo juzgó  interesante y emprendió, al cabo de unas copas, una vindicación del hombre  moderno. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Lo evoco -dijo con una animación algo inexplicable- en  su gabinete de estudio, como si dijéramos en la torre albarrana de una ciudad,  provisto de teléfonos, de telégrafos, de fonógrafos, de aparatos de  radiotelefonía, de cinematógrafos, de linternas mágicas, de glosarios, de  horarios, de prontuarios, de boletines&#8230; </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Observó que para un hombre así facultado el acto de  viajar era inútil; nuestro siglo XX había transformado la fábula de Mahoma y de  la montaña; las montañas, ahora, convergían sobre el moderno Mahoma. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Tan ineptas me parecieron esas ideas, tan pomposa y tan  vasta su exposición, que las relacioné inmediatamente con la literatura; le dije  que por qué no las escribía. Previsiblemente respondió que ya lo había hecho:  esos conceptos, y otros no menos novedosos, figuraban en el Canto Augural, Canto  Prologal o simplemente Canto-Prólogo de un poema en el que trabajaba hacía  muchos años, sin <em>réclame</em>, sin bullanga ensordecedora, siempre apoyado en  esos dos báculos que se llaman el trabajo y la soledad. Primero, abría las  compuertas a la imaginación; luego, hacía uso de la lima. El poema se titulaba <em>La Tierra</em>; tratábase de una descripción del planeta, en la que no  faltaban, por cierto, la pintoresca digresión y el gallardo apóstrofe<sup><a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/aleph.htm#**"><span style="font-size:x-small;">**</span></a></sup>. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Le rogué que me leyera un pasaje, aunque fuera breve.  Abrió un cajón del escritorio, sacó un alto legajo de hojas de block estampadas  con el membrete de la Biblioteca Juan Crisóstomo Lafinur y leyó con sonora  satisfacción: </span></p>
<blockquote><p><span style="color:#ff6600;">He visto, como el griego, las urbes de los hombres,<br />
los trabajos, los días de varia luz, el hambre;<br />
no corrijo los hechos, no falseo los nombres,<br />
pero el <em>voyage</em> que narro, es&#8230; <em>autour de ma chambre</em>. </span></p></blockquote>
<p><span style="color:#ff6600;">-Estrofa a todas luces interesante -dictaminó-. El  primer verso granjea el aplauso del catedrático, del académico, del helenista,  cuando no de los eruditos a la violeta, sector considerable de la opinión; el  segundo pasa de Homero a Hesíodo (todo un implícito homenaje, en el frontis del  flamante edificio, al padre de la poesía didáctica), no sin remozar un  procedimiento cuyo abolengo está en la Escritura, la enumeración, congerie o  conglobación; el tercero -¿barroquismo, decadentismo; culto depurado y fanático  de la forma?- consta de dos hemistiquios gemelos; el cuarto, francamente  bilingüe, me asegura el apoyo incondicional de todo espíritu sensible a los  desenfadados envites de la facecia. Nada diré de la rima rara ni de la  ilustración que me permite, ¡sin pedantismo!, acumular en cuatro versos tres  alusiones eruditas que abarcan treinta siglos de apretada literatura: la primera  a la <em>Odisea</em>, la segunda a los <em>Trabajos y días</em>, la tercera a la  bagatela inmortal que nos depararan los ocios de la pluma del saboyano&#8230;  Comprendo una vez más que el arte moderno exige el bálsamo de la risa, el <em> scherzo</em>. ¡Decididamente, tiene la palabra Goldoni! </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Otras muchas estrofas me leyó que también obtuvieron su  aprobación y su comentario profuso. Nada memorable había en ellas; ni siquiera  las juzgué mucho peores que la anterior. En su escritura habían colaborado la  aplicación, la resignación y el azar; las virtudes que Daneri les atribuía eran  posteriores. Comprendí que el trabajo del poeta no estaba en la poesía; estaba  en la invención de razones para que la poesía fuera admirable; naturalmente, ese  ulterior trabajo modificaba la obra para él, pero no para otros. La dicción oral  de Daneri era extravagante; su torpeza métrica le vedó, salvo contadas veces,  trasmitir esa extravagancia al poema<sup><a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/aleph.htm#1"><span style="font-size:x-small;">1</span></a></sup>. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Una sola vez en mi vida he tenido ocasión de examinar  los quince mil dodecasílabos del <em>Polyolbion</em>, esa epopeya topográfica en  la que Michael Drayton registró la fauna, la flora, la hidrografía, la  orografía, la historia militar y monástica de Inglaterra; estoy seguro de que  ese producto considerable, pero limitado, es menos tedioso que la vasta empresa  congénere de Carlos Argentino. Éste se proponía versificar toda la redondez del  planeta; en 1941 ya había despachado unas hectáreas del estado de Queensland,  más de un kilómetro del curso del Ob, un gasómetro al norte de Veracruz, las  principales casas de comercio de la parroquia de la Concepción, la quinta de  Mariana Cambaceres de Alvear en la calle Once de Septiembre, en Belgrano, y un  establecimiento de baños turcos no lejos del acreditado acuario de Brighton. Me  leyó ciertos laboriosos pasajes de la zona australiana de su poema; esos largos  e informes alejandrinos carecían de la relativa agitación del prefacio. Copio  una estrofa: </span></p>
<blockquote><p><span style="color:#ff6600;">Sepan. A manderecha del poste rutinario<br />
(viniendo, claro está, desde el Nornoroeste)<br />
se aburre una osamenta -¿Color? Blanquiceleste-<br />
que da al corral de ovejas catadura de osario. </span></p></blockquote>
<p><span style="color:#ff6600;">-Dos audacias -gritó con exultación-, rescatadas, te  oigo mascullar, por el éxito. Lo admito, lo admito. Una, el epíteto rutinario,  que certeramente denuncia, <em>en passant</em>, el inevitable tedio inherente a  las faenas pastoriles y agrícolas, tedio que ni las geórgicas ni nuestro ya  laureado <em>Don Segundo</em> se atrevieron jamás a denunciar así, al rojo vivo.  Otra, el enérgico prosaísmo <em>se aburre una osamenta</em>, que el melindroso  querrá excomulgar con horror pero que apreciará más que su vida el crítico de  gusto viril. Todo el verso, por lo demás, es de muy subidos quilates. El segundo  hemistiquio entabla animadísima charla con el lector; se adelanta a su viva  curiosidad, le pone una pregunta en la boca y la satisface&#8230; al instante. ¿Y  qué me dices de ese hallazgo, blanquiceleste? El pintoresco neologismo sugiere  el cielo, que es un factor importantísimo del paisaje australiano. Sin esa  evocación resultarían demasiado sombrías las tintas del boceto y el lector se  vería compelido a cerrar el volumen, herida en lo más íntimo el alma de  incurable y negra melancolía. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Hacia la medianoche me despedí. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Dos domingos después, Daneri me llamó por teléfono,  entiendo que por primera vez en la vida. Me propuso que nos reuniéramos a las  cuatro, &#8220;para tomar juntos la leche, en el contiguo salón-bar que el progresismo  de Zunino y de Zungri -los propietarios de mi casa, recordarás- inaugura en la  esquina; confitería que te importará conocer&#8221;. Acepté, con más resignación que  entusiasmo. Nos fue difícil encontrar mesa; el &#8220;salón-bar&#8221;, inexorablemente  moderno, era apenas un poco menos atroz que mis previsiones; en las mesas  vecinas, el excitado público mencionaba las sumas invertidas sin regatear por  Zunino y por Zungri. Carlos Argentino fingió asombrarse de no sé qué primores de  la instalación de la luz (que, sin duda, ya conocía) y me dijo con cierta  severidad: </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Mal de tu grado habrás de reconocer que este local se  parangona con los más encopetados de Flores. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Me releyó, después, cuatro o cinco páginas del poema.  Las había corregido según un depravado principio de ostentación verbal: donde  antes escribió <em>azulado</em>, ahora abundaba en <em>azulino, azulenco</em> y  hasta <em>azulillo</em>. La palabra <em>lechoso</em> no era bastante fea para él; en  la impetuosa descripción de un lavadero de lanas, prefería <em>lactario,  lacticinoso, lactescente, lechal</em>&#8230; Denostó con amargura a los críticos;  luego, más benigno, los equiparó a esas personas, &#8220;que no disponen de metales  preciosos ni tampoco de prensas de vapor, laminadores y ácidos sulfúricos para  la acuñación de tesoros, pero que pueden indicar a los otros el sitio de un  tesoro&#8221;. Acto continuo censuró la <em>prologomanía</em>, &#8220;de la que ya hizo mofa,  en la donosa prefación del <em>Quijote</em>, el Príncipe de los Ingenios&#8221;.  Admitió, sin embargo, que en la portada de la nueva obra convenía el prólogo  vistoso, el espaldarazo firmado por el plumífero de garra, de fuste. Agregó que  pensaba publicar los cantos iniciales de su poema. Comprendí, entonces, la  singular invitación telefónica; el hombre iba a pedirme que prologara su  pedantesco fárrago. Mi temor resultó infundado: Carlos Argentino observó, con  admiración rencorosa, que no creía errar en el epíteto al calificar de sólido el  prestigio logrado en todos los círculos por Álvaro Melián Lafinur, hombre de  letras, que, si yo me empeñaba, prologaría con embeleso el poema. Para evitar el  más imperdonable de los fracasos, yo tenía que hacerme portavoz de dos méritos  inconcusos: la perfección formal y el rigor científico, &#8220;porque ese dilatado  jardín de tropos, de figuras, de galanuras, no tolera un solo detalle que no  confirme la severa verdad&#8221;. Agregó que Beatriz siempre se había distraído con  Álvaro. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Asentí, profusamente asentí. Aclaré, para mayor  verosimilitud, que no hablaría el lunes con Álvaro, sino el jueves: en la  pequeña cena que suele coronar toda reunión del Club de Escritores. (No hay  tales cenas, pero es irrefutable que las reuniones tienen lugar los jueves,  hecho que Carlos Argentino Daneri podía comprobar en los diarios y que dotaba de  cierta realidad a la frase.) Dije, entre adivinatorio y sagaz, que antes de  abordar el tema del prólogo, describiría el curioso plan de la obra. Nos  despedimos; al doblar por Bernardo de Irigoyen, encaré con toda imparcialidad  los porvenires que me quedaban: a) hablar con Álvaro y decirle que el primo  hermano aquel de Beatriz (ese eufemismo explicativo me permitiría nombrarla)  había elaborado un poema que parecía dilatar hasta lo infinito las posibilidades  de la cacofonía y del caos; b) no hablar con Álvaro. Preví, lúcidamente, que mi  desidia optaría por b. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">A partir del viernes a primera hora, empezó a  inquietarme el teléfono. Me indignaba que ese instrumento, que algún día produjo  la irrecuperable voz de Beatriz, pudiera rebajarse a receptáculo de las inútiles  y quizá coléricas quejas de ese engañado Carlos Argentino Daneri. Felizmente,  nada ocurrió -salvo el rencor inevitable que me inspiró aquel hombre que me  había impuesto una delicada gestión y luego me olvidaba. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">El teléfono perdió sus terrores, pero a fines de  octubre, Carlos Argentino me habló. Estaba agitadísimo; no identifiqué su voz,  al principio. Con tristeza y con ira balbuceó que esos ya ilimitados Zunino y  Zungri, so pretexto de ampliar su desaforada confitería, iban a demoler su casa. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-¡La casa de mis padres, mi casa, la vieja casa  inveterada de la calle Garay! -repitió, quizá olvidando su pesar en la melodía. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">No me resultó muy difícil compartir su congoja. Ya  cumplidos los cuarenta años, todo cambio es un símbolo detestable del pasaje del  tiempo; además, se trataba de una casa que, para mí, aludía infinitamente a  Beatriz. Quise aclarar ese delicadísimo rasgo; mi interlocutor no me oyó. Dijo  que si Zunino y Zungri persistían en ese propósito absurdo, el doctor Zunni, su  abogado, los demandaría <em>ipso facto</em> por daños y perjuicios y los obligaría  a abonar cien mil nacionales.</span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">El nombre de Zunni me impresionó; su bufete, en Caseros  y Tacuarí, es de una seriedad proverbial. Interrogué si éste se había encargado  ya del asunto. Daneri dijo que le hablaría esa misma tarde. Vaciló y con esa voz  llana, impersonal, a que solemos recurrir para confiar algo muy íntimo, dijo que  para terminar el poema le era indispensable la casa, pues en un ángulo del  sótano había un Aleph. Aclaró que un Aleph es uno de los puntos del espacio que  contienen todos los puntos. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Está en el sótano del comedor -explicó, aligerada su  dicción por la angustia-. Es mío, es mío: yo lo descubrí en la niñez, antes de  la edad escolar. La escalera del sótano es empinada, mis tíos me tenían  prohibido el descenso, pero alguien dijo que había un mundo en el sótano. Se  refería, lo supe después, a un baúl, pero yo entendí que había un mundo. Bajé  secretamente, rodé por la escalera vedada, caí. Al abrir los ojos, vi el Aleph. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-¿El Aleph? -repetí. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Sí, el lugar donde están, sin confundirse, todos los  lugares del orbe, vistos desde todos los ángulos. A nadie revelé mi  descubrimiento, pero volví. ¡El niño no podía comprender que le fuera deparado  ese privilegio para que el hombre burilara el poema! No me despojarán Zunino y  Zungri, no y mil veces no. Código en mano, el doctor Zunni probará que es <em> inajenable</em> mi Aleph. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Traté de razonar. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Pero, ¿no es muy oscuro el sótano? </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-La verdad no penetra en un entendimiento rebelde. Si  todos los lugares de la tierra están en el Aleph, ahí estarán todas las  luminarias, todas las lámparas, todos los veneros de luz. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Iré a verlo inmediatamente. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Corté, antes de que pudiera emitir una prohibición.  Basta el conocimiento de un hecho para percibir en el acto una serie de rasgos  confirmatorios, antes insospechados; me asombró no haber comprendido hasta ese  momento que Carlos Argentino era un loco. Todos esos Viterbo, por lo demás&#8230;  Beatriz (yo mismo suelo repetirlo) era una mujer, una niña de una clarividencia  casi implacable, pero había en ella negligencias, distracciones, desdenes,  verdaderas crueldades, que tal vez reclamaban una explicación patológica. La  locura de Carlos Argentino me colmó de maligna felicidad; íntimamente, siempre  nos habíamos detestado. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">En la calle Garay, la sirvienta me dijo que tuviera la  bondad de esperar. El niño estaba, como siempre, en el sótano, revelando  fotografías. Junto al jarrón sin una flor, en el piano inútil, sonreía (más  intemporal que anacrónico) el gran retrato de Beatriz, en torpes colores. No  podía vernos nadie; en una desesperación de ternura me aproximé al retrato y le  dije: </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Beatriz, Beatriz Elena, Beatriz Elena Viterbo, Beatriz  querida, Beatriz perdida para siempre, soy yo, soy Borges. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Carlos entró poco después. Habló con sequedad;  comprendí que no era capaz de otro pensamiento que de la perdición del Aleph. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Una copita del seudo coñac -ordenó- y te zampuzarás en  el sótano. Ya sabes, el decúbito dorsal es indispensable. También lo son la  oscuridad, la inmovilidad, cierta acomodación ocular. Te acuestas en el piso de  baldosas y fijas los ojos en el decimonono escalón de la pertinente escalera. Me  voy, bajo la trampa y te quedas solo. Algún roedor te mete miedo ¡fácil empresa!  A los pocos minutos ves el Aleph. ¡El microcosmo de alquimistas y cabalistas,  nuestro concreto amigo proverbial, el <em>multum in parvo</em>!</span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Ya en el comedor, agregó: </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Claro está que si no lo ves, tu incapacidad no  invalida mi testimonio&#8230; Baja; muy en breve podrás entablar un diálogo con  todas las imágenes de Beatriz. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Bajé con rapidez, harto de sus palabras insustanciales.  El sótano, apenas más ancho que la escalera, tenía mucho de pozo. Con la mirada,  busqué en vano el baúl de que Carlos Argentino me habló. Unos cajones con  botellas y unas bolsas de lona entorpecían un ángulo. Carlos tomó una bolsa, la  dobló y la acomodó en un sitio preciso. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-La almohada es humildosa -explicó-, pero si la levanto  un solo centímetro, no verás ni una pizca y te quedas corrido y avergonzado.  Repantiga en el suelo ese corpachón y cuenta diecinueve escalones. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Cumplí con sus ridículos requisitos; al fin se fue.  Cerró cautelosamente la trampa; la oscuridad, pese a una hendija que después  distinguí, pudo parecerme total. Súbitamente comprendí mi peligro: me había  dejado soterrar por un loco, luego de tomar un veneno. Las bravatas de Carlos  transparentaban el íntimo terror de que yo no viera el prodigio; Carlos, para  defender su delirio, para no saber que estaba loco, tenía que matarme. Sentí un  confuso malestar, que traté de atribuir a la rigidez, y no a la operación de un  narcótico. Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Arribo, ahora, al inefable centro de mi relato;  empieza, aquí, mi desesperación de escritor. Todo lenguaje es un alfabeto de  símbolos cuyo ejercicio presupone un pasado que los interlocutores comparten;  ¿cómo transmitir a los otros el infinito Aleph, que mi temerosa memoria apenas  abarca? Los místicos, en análogo trance, prodigan los emblemas: para significar  la divinidad, un persa habla de un pájaro que de algún modo es todos los  pájaros; Alanus de Insulis, de una esfera cuyo centro está en todas partes y la  circunferencia en ninguna; Ezequiel, de un ángel de cuatro caras que a un tiempo  se dirige al Oriente y al Occidente, al Norte y al Sur. (No en vano rememoro  esas inconcebibles analogías; alguna relación tienen con el Aleph.) Quizá los  dioses no me negarían el hallazgo de una imagen equivalente, pero este informe  quedaría contaminado de literatura, de falsedad. Por lo demás, el problema  central es irresoluble: la enumeración, siquiera parcial, de un conjunto  infinito. En ese instante gigantesco, he visto millones de actos deleitables o  atroces; ninguno me asombró como el hecho de que todos ocuparan el mismo punto,  sin superposición y sin transparencia. Lo que vieron mis ojos fue simultáneo: lo  que transcribiré, sucesivo, porque el lenguaje lo es. Algo, sin embargo,  recogeré. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi  una pequeña esfera tornasolada, de casi intolerable fulgor. Al principio la creí  giratoria; luego comprendí que ese movimiento era una ilusión producida por los  vertiginosos espectáculos que encerraba. El diámetro del Aleph sería de dos o  tres centímetros, pero el espacio cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño.  Cada cosa (la luna del espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo  claramente la veía desde todos los puntos del universo. Vi el populoso mar, vi  el alba y la tarde, vi las muchedumbres de América, vi una plateada telaraña en  el centro de una negra pirámide, vi un laberinto roto (era Londres), vi  interminables ojos inmediatos escrutándose en mí como en un espejo, vi todos los  espejos del planeta y ninguno me reflejó, vi en un traspatio de la calle Soler  las mismas baldosas que hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray  Bentos, vi racimos, nieve, tabaco, vetas de metal, vapor de agua, vi convexos  desiertos ecuatoriales y cada uno de sus granos de arena, vi en Inverness a una  mujer que no olvidaré, vi la violenta cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer  en el pecho, vi un círculo de tierra seca en una vereda, donde antes hubo un  árbol, vi una quinta de Adrogué, un ejemplar de la primera versión inglesa de  Plinio, la de Philemon Holland, vi a un tiempo cada letra de cada página (de  chico, yo solía maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se  mezclaran y perdieran en el decurso de la noche), vi la noche y el día  contemporáneo, vi un poniente en Querétaro que parecía reflejar el color de una  rosa en Bengala, vi mi dormitorio sin nadie, vi en un gabinete de Alkmaar un  globo terráqueo entre dos espejos que lo multiplican sin fin, vi caballos de  crin arremolinada, en una playa del Mar Caspio en el alba, vi la delicada  osatura de una mano, vi a los sobrevivientes de una batalla, enviando tarjetas  postales, vi en un escaparate de Mirzapur una baraja española, vi las sombras  oblicuas de unos helechos en el suelo de un invernáculo, vi tigres, émbolos,  bisontes, marejadas y ejércitos, vi todas las hormigas que hay en la tierra, vi  un astrolabio persa, vi en un cajón del escritorio (y la letra me hizo temblar)  cartas obscenas, increíbles, precisas, que Beatriz había dirigido a Carlos  Argentino, vi un adorado monumento en la Chacarita, vi la reliquia atroz de lo  que deliciosamente había sido Beatriz Viterbo, vi la circulación de mi oscura  sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph,  desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, y en la tierra otra vez el  Aleph y en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí  vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural,  cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el  inconcebible universo. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Sentí infinita veneración, infinita lástima. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Tarumba habrás quedado de tanto curiosear donde no te  llaman -dijo una voz aborrecida y jovial-. Aunque te devanes los sesos, no me  pagarás en un siglo esta revelación. ¡Qué observatorio formidable, che Borges! </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Los zapatos de Carlos Argentino ocupaban el escalón más  alto. En la brusca penumbra, acerté a levantarme y a balbucear: </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-Formidable. Sí, formidable. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">La indiferencia de mi voz me extrañó. Ansioso, Carlos  Argentino insistía: </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">-¿Lo viste todo bien, en colores? </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">En ese instante concebí mi venganza. Benévolo,  manifiestamente apiadado, nervioso, evasivo, agradecí a Carlos Argentino Daneri  la hospitalidad de su sótano y lo insté a aprovechar la demolición de la casa  para alejarse de la perniciosa metrópoli, que a nadie ¡créame, que a nadie!  perdona. Me negué, con suave energía, a discutir el Aleph; lo abracé, al  despedirme, y le repetí que el campo y la serenidad son dos grandes médicos. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">En la calle, en las escaleras de Constitución, en el  subterráneo, me parecieron familiares todas las caras. Temí que no quedara una  sola cosa capaz de sorprenderme, temí que no me abandonara jamás la impresión de  volver. Felizmente, al cabo de unas noches de insomnio, me trabajó otra vez el  olvido. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;"> </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;"><em>Posdata del primero de marzo de 1943</em>. A los seis  meses de la demolición del inmueble de la calle Garay, la Editorial Procusto no  se dejó arredrar por la longitud del considerable poema y lanzó al mercado una  selección de &#8220;trozos argentinos&#8221;. Huelga repetir lo ocurrido; Carlos Argentino  Daneri recibió el Segundo Premio Nacional de Literatura<sup><a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/aleph.htm#2"><span style="font-size:x-small;">2</span></a></sup>.  El primero fue otorgado al doctor Aita; el tercero, al doctor Mario Bonfanti;  increíblemente, mi obra <em>Los naipes del tahúr</em> no logró un solo voto. ¡Una  vez más, triunfaron la incomprensión y la envidia! Hace ya mucho tiempo que no  consigo ver a Daneri; los diarios dicen que pronto nos dará otro volumen. Su  afortunada pluma (no entorpecida ya por el Aleph) se ha consagrado a versificar  los epítomes del doctor Acevedo Díaz. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Dos observaciones quiero agregar: una, sobre la  naturaleza del Aleph; otra, sobre su nombre. Éste, como es sabido, es el de la  primera letra del alfabeto de la lengua sagrada. Su aplicación al disco de mi  historia no parece casual. Para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la  ilimitada y pura divinidad; también se dijo que tiene la forma de un hombre que  señala el cielo y la tierra, para indicar que el mundo inferior es el espejo y  es el mapa del superior; para la <em>Mengenlehre</em>, es el símbolo de los  números transfinitos, en los que el todo no es mayor que alguna de las partes.  Yo querría saber: ¿Eligió Carlos Argentino ese nombre, o lo leyó, <em>aplicado a  otro punto donde convergen todos los puntos</em>, en alguno de los textos  innumerables que el Aleph de su casa le reveló? Por increíble que parezca, yo  creo que hay (o que hubo) otro Aleph, yo creo que el Aleph de la calle Garay era  un falso Aleph. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">Doy mis razones. Hacia 1867 el capitán Burton ejerció  en el Brasil el cargo de cónsul británico; en julio de 1942 Pedro Henríquez  Ureña descubrió en una biblioteca de Santos un manuscrito suyo que versaba sobre  el espejo que atribuye el Oriente a Iskandar Zú al-Karnayn, o Alejandro Bicorne  de Macedonia. En su cristal se reflejaba el universo entero. Burton menciona  otros artificios congéneres -la séptuple copa de Kai Josrú, el espejo que Tárik  Benzeyad encontró en una torre (<em>1001 Noches</em>, 272), el espejo que Luciano  de Samosata pudo examinar en la luna (<em>Historia verdadera</em>, I, 26), la  lanza especular que el primer libro del <em>Satyricon</em> de Capella atribuye a  Júpiter, el espejo universal de Merlin, &#8220;redondo y hueco y semejante a un mundo  de vidrio&#8221; (<em>The Faerie Queene</em>, III, 2, 19)-, y añade estas curiosas  palabras: &#8220;Pero los anteriores (además del defecto de no existir) son meros  instrumentos de óptica. Los fieles que concurren a la mezquita de Amr, en el  Cairo, saben muy bien que el universo está en el interior de una de las columnas  de piedra que rodean el patio central&#8230; Nadie, claro está, puede verlo, pero  quienes acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su  atareado rumor&#8230; La mezquita data del siglo VII; las columnas proceden de otros  templos de religiones anteislámicas, pues como ha escrito Abenjaldún: <em>En las  repúblicas fundadas por nómadas es indispensable el concurso de forasteros para  todo lo que sea albañilería</em>&#8220;. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra? ¿Lo he  visto cuando vi todas las cosas y lo he olvidado? Nuestra mente es porosa para  el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo, bajo la trágica erosión de los  años, los rasgos de Beatriz. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;">A Estela Canto</span></p>
<p><span style="color:#ff6600;"> </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;"><a name="1">1</a>. Recuerdo, sin embargo, estas        líneas de una sátira que fustigó con rigor a los malos poetas: </span></p>
<blockquote><p><span style="color:#ff6600;">Aqueste da al poema belicosa armadura<br />
De erudicción; estotro le da pompas y galas.<br />
Ambos baten en vano las ridículas alas&#8230;<br />
¡Olvidaron, cuidados, el factor HERMOSURA! </span></p></blockquote>
<p><span style="color:#ff6600;">Sólo el temor de crearse un ejército de enemigos        implacables y poderosos lo disuadió (me dijo) de publicar sin miedo el        poema. </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;"><a name="2">2</a>. &#8220;Recibí tu apenada        congratulación&#8221;, me escribió. &#8220;Bufas, mi lamentable amigo, de envidia,        pero confesarás -¡aunque te ahogue!- que esta vez pude coronar mi bonete        con la más roja de las plumas; mi turbante, con el más califa de los        rubíes.&#8221; </span></p>
<p><span style="color:#ff6600;"><br />
</span></p>
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			<media:title type="html">Beatriz</media:title>
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	</item>
		<item>
		<title>Jorge Luis Borges. (Cuentos para relacionar con poemas).&#8221;Tema del traidor y del héroe&#8221;</title>
		<link>http://literaturahispanoamericana.wordpress.com/2009/10/30/jorge-luis-borges-cuentos-para-relacionar-con-poemas-tema-del-traidor-y-del-heroe/</link>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 14:18:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jorge Luis Borges. Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Tema del traidor y del héroe
So the Platonic Year
Whirls out new right and wrong,
Whirls in the old instead;
All men are dancers and their tread
Goes to the barbarous clangour of a gong.
W. B. Yeats: The Tower.
Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=79&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><strong>Tema del traidor y del héroe</strong></p>
<p><em>So the Platonic Year<br />
Whirls out new right and wrong,<br />
Whirls in the old instead;<br />
All men are dancers and their tread<br />
Goes to the barbarous clangour of a gong.</em></p>
<p>W. B. Yeats: <em>The Tower.</em></p>
<p>Bajo el notorio influjo de Chesterton (discurridor y exornador de elegantes misterios) y del consejero áulico Leibniz (que inventó la armonía preestablecida), he imaginado este argumento, que escribiré tal vez y que ya de algún modo me justifica, en las tardes inútiles. Faltan pormenores, rectificaciones, ajustes; hay zonas de la historia que no me fueron reveladas aún; hoy, 3 de enero de 1944, la vislumbro así.<br />
La acción transcurre en un país oprimido y tenaz: Polonia, Irlanda, La república de Venecia, algún estado sudamericano o balcánico&#8230; Ha transcurrido, mejor dicho, pues aunque el narrador es contemporáneo, la historia referida por él ocurrió al promediar o al empezar el siglo XIX. Digamos (para comodidad narrativa) Irlanda; digamos 1824. El narrador se llama Ryan; es bisnieto del joven, del heroico, del bello, del asesinado Fergus Kilpatrick, cuyo sepulcro fue misteriosamente violado, cuyo nombre ilustra los versos de Browning y de Hugo, cuya estatua preside un cerro gris entre ciénagas rojas.<br />
Kilpatrick fue un conspirador, un secreto y glorioso capitán de conspiradores; a semejanza de Moises que, desde la tierra de Moab, divisó y no pudo pisar la tierra prometida, Kilpatrick pereció en la víspera de la rebelión victoriosa que había premeditado y soñado. Se aproxima la fecha del primer centenario de su muerte; las circunstancias del crimen son enigmáticas; Ryan, dedicado a la redacción de una biografía del héroe, descubre que el enigma rebasa lo puramente policial. Kilpatrick fue asesinado en un teatro; la policía británica no dio jamás con el matador; los historiadores declaran que ese fracaso no empaña su buen crédito, ya que tal vez lo hizo matar la misma policía. Otras facetas del enigma inquietan a Ryan. Son de carácter cíclico: parecen repetir o combinar hechos de remotas regiones, de remotas edades. Así, nadie ignora que los esbirros que examinaron el cadáver del héroe, hallaron una carta cerrada que le advertían el riesgo de concurrir al teatro, esa noche; también Julio César, al encaminarse al lugar donde lo aguardaban los puñales de sus amigos, recibió un memorial que no llegó a leer, en que iba declarada la traición, con los nombres de los traidores. La mujer de César, Calpurnia, vio en sueños abatir una torre que le había decretado el Senado; falsos y anónimos rumores, la víspera de la muerte de Kilpatrick, publicaron en todo el país el incendio de la torre circular de Kilgarvan, hecho que pudo parecer un presagio, pues aquél había nacido en Kilvargan. Esos paralelismos (y otros) de la historia de César y de la historia de un conspirador irlandés inducen a Ryan a suponer una secreta forma del tiempo, un dibujo de líneas que se repiten. Piensa en la historia decimal que ideó Condorcet; en las morfologías que propusieron Hegel, Spengler y Vico; en los hombres de Hesíodo, que degeneran desde el oro hasta el hierro. Piensa en la transmigración de las almas, doctrina que da horror a las letras célticas y que el propio César atribuyó a los druidas británicos; piensa que antes de ser Fergus Kilpatrick, Fergus Kilpatrick fue Julio César. DE esos laberintos circulares lo salva una curiosa comprobación, una comprobación que luego lo abisma en otros laberintos más inextricables y heterogéneos: ciertas palabras de un mendigo que conversó con Fergus Kilpatrick en día de su muerte, fueron prefiguradas por Shakespeare, en la tragedia de <em>Macbeth</em>. Que la historia hubiera copiado a la historia ya era suficientemente pasmoso; que la historia copie a la literatura es inconcebible&#8230; Ryan indaga que en 1814, James Alexander Nolan, el más antiguo de los compañeros del héroe, había traducido al gaélico los principales dramas de Shakespeare; entre ellos, <em>Julio César</em>. También descubre en los archivos un artículo manuscrito de Nolan sobre los <em>Festpiele</em> de Suiza: vastas y errantes representaciones teatrales, que requieren miles de actores y que reiteran hechos históricos en las mismas ciudades y montañas donde ocurrieron. Otro documento inédito le revela que, pocos días antes del fin, Kilpatrick, presidiendo el último cónclave, había firmado la sentencia de muerte de un traidor, cuyo nombre ha sido borrado. Esta sentencia no coincide con los piadosos hábitos de Kilpatrick. Ryan investiga el asunto (esa investigación es uno de los hiatos del argumento) y logra descifrar el enigma.<br />
Kilpatrick fue ultimado en un teatro, pero de teatro hizo también la entera ciudad, y los actores fueron legión, y el drama coronado por su muerte abarcó muchos días y muchas noches. He aquí lo acontecido:<br />
El 2 de agosto de 1824 se reunieron los conspiradores. El país estaba maduro para la rebelión; algo, sin embargo, fallaba siempre: algún traidor había en el cónclave. Fergus Kilpatrick había encomendado a James Nolan el descubrimiento del traidor. Nolan ejecutó su tarea: anunció en pleno cónclave que el traidor era el mismo Kilpatrick. Demostró con pruebas irrefutables la verdad de la acusación; los conjurados condenaron a muerte a su presidente. Éste firmó su propia sentencia, pero imploró que su castigo no perjudicara a la patria.<br />
Entonces Nolan concibió un extraño proyecto. Irlanda Idolatraba a Kilpatrick; la más tenue sospecha de su vileza hubiera comprometido la rebelión; Nolan propuso un plan que hizo de la ejecución del traidor un instrumento para la emancipación de la patria. Sugirió que el condenado muriera a manos de un asesino desconocido, en circunstancias deliberadamente dramáticas, que se grabaran en la imaginación popular y que apresuraran la rebelión. Kilpatrick juró colaborar en ese proyecto, que le daba ocasión de redimirse y que rubricaría su muerte.<br />
Nolan, urgido por el tiempo, no supo íntegramente inventar las circunstancias de la múltiple ejecución; tuvo que plagiar a otro dramaturgo, al enemigo inglés William Shakespeare. Repitió escenas de <em>Macbeth</em> , de <em>Julio César</em>. La pública y secreta representación comprendió varios días. El condenado entró en Dublin, discutió, obró, rezó, reprobó, pronunció palabras patéticas, y cada uno de esos actos que reflejaría la gloria, había sido prefigurado por Nolan. Centenares de actores colaboraron con el protagonista; el rol de algunos fue complejo; el de otros, momentáneo. Las cosas que dijeron e hicieron perduran en los libros históricos, en la memoria apasionada de Irlanda. Kilpatrick, arrebatado por ese minucioso destino que lo redimía y que lo perdía, más de una vez enriqueció con actos y con palabras improvisadas el texto de su juez. Así fue desplegándose en el tiempo el populoso drama, hasta que el 6 de agosto de 1824, en un palco de funerarias cortinas que prefiguraba el de Lincoln, un balazo anhelado entró en el pecho del traidor y del héroe, que apenas pudo articular, entre dos efusiones de brusca sangre, algunas palabras previstas.<br />
En la obra de Nolan, los pasajes imitados de Shakespeare son los <em>menos</em> dramáticos; Ryan sospecha que el autor los intercaló para que una persona, en el porvenir, diera con la verdad. Comprende que él también forma parte de la trama de Nolan&#8230; Al cabo de tenaces cavilaciones, resuelve silenciar el descubrimiento. Publica un libro dedicado a la gloria del héroe; también eso, tal vez, estaba previsto.</p>
<p>&nbsp;</p>
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	</item>
		<item>
		<title>Jorge Luis Borges (cuentos para relacionar con poemas). &#8220;Del rigor en la ciencia&#8221;</title>
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		<pubDate>Fri, 30 Oct 2009 14:14:03 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jorge Luis Borges. Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[Del rigor en la ciencia

 &#8230;En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=75&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><strong>Del rigor en la ciencia</strong></p>
<p><em><br />
</em> &#8230;En aquel imperio, el Arte de la Cartografía logró tal Perfección que el mapa de una sola Provincia ocupaba toda una Ciudad, y el mapa del Imperio, toda una Provincia. Con el tiempo, esos Mapas Desmesurados no satisficieron y los Colegios de Cartógrafos levantaron un Mapa del Imperio, que tenía el tamaño del Imperio y coincidía puntualmente con él. Menos Adictas al Estudio de la Cartografía, las Generaciones Siguientes entendieron que ese dilatado Mapa era Inútil y no sin Impiedad lo entregaron a las Inclemencias del Sol y de los Inviernos. En los desiertos del Oeste perduran despedazadas Ruinas del Mapa, habitadas por Animales y por Mendigos; en todo<br />
el País no hay otra reliquia de las Disciplinas Geográficas.</p>
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		<title>Jorge Luis Borges (cuentos para relacionar con poemas) &#8220;Las ruinas circulares&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2009 08:49:20 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jorge Luis Borges. Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[

Las ruinas circulares
Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=72&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><span style="color:#ff9900;"><br />
</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Las ruinas circulares</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido&#8230; En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: <em>Ahora estaré con mi hijo</em>. O, más raramente: <em> El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy</em>.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.</span></p>
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	</item>
		<item>
		<title>Jorge Luis Borges (cuentos para relacionar con poemas). &#8220;La casa de Asterión&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2009 08:48:00 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jorge Luis Borges. Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[ 
La casa de Asterión
Y la reina dio a luz un hijo  que se llamó Asterión.
Apolodoro, Biblioteca, III,I
Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=69&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><span style="color:#ff9900;"> </span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">La casa de Asterión</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;"><em><span style="color:#800000;font-size:x-small;">Y la reina dio a luz un hijo  que se llamó Asterión.<br />
Apolodoro, Biblioteca, III,I</span></em></span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía, y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus puertas (cuyo número es infinito</span><span style="color:#ff9900;"><sup><a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/casade.htm#*" target="_self">*</a>)<span style="color:#800000;"> </span></sup></span><span style="color:#ff9900;">están abiertas día y noche a los hombres y también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad. Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe, caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras. Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El hecho es que soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A veces lo deploro porque las noches y los días son largos.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Claro que no me faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo realmente, a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos). Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: <em> Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca</em>. A veces me equivoco y nos  reímos buenamente los dos.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">No sólo he imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres, abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola vez: arriba, el intrincado Sol;. abajo, Asterión. Quizá yo he creado las estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Cada nueve años entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor. Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo, yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">¿Será un toro o un  hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El Sol de la  mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de  sangre.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">-¿Lo creerás,  Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;"><br />
</span></p>
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			<media:title type="html">Beatriz</media:title>
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		<item>
		<title>Jorge Luis Borges (cuentos para relacionar con poemas). &#8220;El Sur&#8221;</title>
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		<pubDate>Wed, 28 Oct 2009 08:42:24 +0000</pubDate>
		<dc:creator>bbarrera</dc:creator>
				<category><![CDATA[Jorge Luis Borges. Cuentos]]></category>

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		<description><![CDATA[El Sur
El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se  llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de  sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la  calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido  aquel Francisco [...]<img alt="" border="0" src="http://stats.wordpress.com/b.gif?host=literaturahispanoamericana.wordpress.com&blog=2914183&post=65&subd=literaturahispanoamericana&ref=&feed=1" />]]></description>
			<content:encoded><![CDATA[<div class='snap_preview'><br /><p><span style="color:#ff9900;">El Sur</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El hombre que desembarcó en Buenos Aires en 1871 se  llamaba Johannes Dahlmann y era pastor de la Iglesia evangélica; en 1939, uno de  sus nietos, Juan Dahlmann, era secretario de una biblioteca municipal en la  calle Córdoba y se sentía hondamente argentino. Su abuelo materno había sido  aquel Francisco Flores, del 2 de infantería de línea, que murió en la frontera  de Buenos Aires, lanceado por indios de Catriel: en la discordia de sus dos  linajes, Juan Dahlmann (tal vez a impulso de la sangre germánica) eligió el de  ese antepasado romántico, o de muerte romántica. Un estuche con el daguerrotipo  de un hombre inexpresivo y barbado, una vieja espada, la dicha y el coraje de  ciertas músicas, el hábito de estrofas del Martín Fierro, los años, el desgano y  la soledad, fomentaron ese criollismo algo voluntario, pero nunca ostentoso. A  costa de algunas privaciones, Dahlmann había logrado salvar el casco de una  estancia en el Sur, que fue de los Flores: una de las costumbres de su memoria  era la imagen de los eucaliptos balsámicos y de la larga casa rosada que alguna  vez fue carmesí. Las tareas y acaso la indolencia lo retenían en la ciudad.  Verano tras verano se contentaba con la idea abstracta de posesión y con la  certidumbre de que su casa estaba esperándolo, en un sitio preciso de la  llanura. En los últimos días de febrero de 1939, algo le aconteció.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Ciego a las  culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann  había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de Las Mil y Una Noches de  Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió  con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente, ¿un murciélago,  un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror,  y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre. La arista de un  batiente recién pintado que alguien se olvidó de cerrar le habría hecho esa  herida. Dahlmann logró dormir, pero a la madrugada estaba despierto y desde  aquella hora el sabor de todas las cosas fue atroz. La fiebre lo gastó y las  ilustraciones de Las Mil y Una Noches sirvieron para decorar pasadillas. Amigos  y parientes lo visitaban y con exagerada sonrisa le repetían que lo hallaban muy  bien. Dahlmann los oía con una especie de débil estupor y le maravillaba que no  supieran que estaba en el infierno. Ocho días pasaron, como ocho siglos. Una  tarde, el médico habitual se presentó con un médico nuevo y lo condujeron a un  sanatorio de la calle Ecuador, porque era indispensable sacarle una radiografía.  Dahlmann, en el coche de plaza que los llevó, pensó que en una habitación que no  fuera la suya podría, al fin, dormir. Se sintió feliz y conversador; en cuanto  llegó, lo desvistieron; le raparon la cabeza, lo sujetaron con metales a una  camilla, lo iluminaron hasta la ceguera y el vértigo, lo auscultaron y un hombre  enmascarado le clavó una aguja en el brazo. Se despertó con náuseas, vendado, en  una celda que tenía algo de pozo y, en los días y noches que siguieron a la  operación pudo entender que apenas había estado, hasta entonces, en un arrabal  del infierno. El hielo no dejaba en su boca el menor rastro de frescura. En esos  días, Dahlmann minuciosamente se odió; odió su identidad, sus necesidades  corporales, su humillación, la barba que le erizaba la cara. Sufrió con  estoicismo las curaciones, que eran muy dolorosas, pero cuando el cirujano le  dijo que había estado a punto de morir de una septicemia, Dahlmann se echó a  llorar, condolido de su destino. Las miserias físicas y la incesante previsión  de las malas noches no le habían dejado pensar en algo tan abstracto como la  muerte. Otro día, el cirujano le dijo que estaba reponiéndose y que, muy pronto,  podría ir a convalecer a la estancia. Increíblemente, el día prometido llegó.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">A  la realidad le gustan las simetrías y los leves anacronismos; Dahlmann había  llegado al sanatorio en un coche de plaza y ahora un coche de plaza lo llevaba a  Constitución. La primera frescura del otoño, después de la opresión del verano,  era como un símbolo natural de su destino rescatado de la muerte y la fiebre. La  ciudad, a las siete de la mañana, no había perdido ese aire de casa vieja que le  infunde la noche; las calles eran como largos zaguanes, las plazas como patios.  Dahlmann la reconocía con felicidad y con un principio de vértigo; unos segundos  antes de que las registraran sus ojos, recordaba las esquinas, las carteleras,  las modestas diferencias de Buenos Aires. En la luz amarilla del nuevo día,  todas las cosas regresaban a él.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Nadie ignora que el Sur empieza del otro lado  de Rivadavia. Dahlmann solía repetir que ello no es una convención y que quien  atraviesa esa calle entra en un mundo más antiguo y más firme. Desde el coche  buscaba entre la nueva edificación, la ventana de rejas, el llamador, el arco de  la puerta, el zaguán, el íntimo patio.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">En el <em>hall</em> de la estación advirtió que  faltaban treinta minutos. Recordó bruscamente que en un café de la calle Brasil  (a pocos metros de la casa de Yrigoyen) había un enorme gato que se dejaba  acariciar por la gente, como una divinidad desdeñosa. Entró. Ahí estaba el gato,  dormido. Pidió una taza de café, la endulzó lentamente, la probó (ese placer le  había sido vedado en la clínica) y pensó, mientras alisaba el negro pelaje, que  aquel contacto era ilusorio y que estaban como separados por un cristal, porque  el hombre vive en el tiempo, en la sucesión, y el mágico animal, en la  actualidad, en la eternidad del instante.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">A lo largo del penúltimo andén el tren  esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la  red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna  vacilación, el primer tomo de Las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan  vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha  había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del  mal.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y  luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad  es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado  matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que  la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus  milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El  almuerzo (con el caldo servido en boles de metal reluciente, como en los ya  remotos veraneos de la niñez) fue otro goce tranquilo y agradecido.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;"><em>Mañana me  despertaré en la estancia</em>, pensaba, y era como si a un tiempo fuera dos hombres:  el que avanzaba por el día otoñal y por la geografía de la patria, y el otro,  encarcelado en un sanatorio y sujeto a metódicas servidumbres. Vio casas de  ladrillo sin revocar, esquinadas y largas, infinitamente mirando pasar los  trenes; vio jinetes en los terrosos caminos; vio zanjas y lagunas y hacienda;  vio largas nubes luminosas que parecían de mármol, y todas estas cosas eran  casuales, como sueños de la llanura. También creyó reconocer árboles y sembrados  que no hubiera podido nombrar, porque su directo conocimiento de la campaña era  harto inferior a su conocimiento nostálgico y literario.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Alguna vez durmió y en  sus sueños estaba el ímpetu del tren. Ya el blanco sol intolerable de las doce  del día era el sol amarillo que precede al anochecer y no tardaría en ser rojo.  También el coche era distinto; no era el que fue en Constitución, al dejar el  andén: la llanura y las horas lo habían atravesado y transfigurado. Afuera la  móvil sombra del vagón se alargaba hacia el horizonte. No turbaban la tierra  elemental ni poblaciones ni otros signos humanos. Todo era vasto, pero al mismo  tiempo era íntimo y, de alguna manera, secreto. En el campo desaforado, a veces  no había otra cosa que un toro. La soledad era perfecta y tal vez hostil, y  Dahlmann pudo sospechar que viajaba al pasado y no sólo al Sur. De esa conjetura  fantástica lo distrajo el inspector, que al ver su boleto, le advirtió que el  tren no lo dejaría en la estación de siempre sino en otra, un poco anterior y  apenas conocida por Dahlmann. (El hombre añadió una explicación que Dahlmann no  trató de entender ni siquiera de oír, porque el mecanismo de los hechos no le  importaba).</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El tren laboriosamente se detuvo, casi en medio del campo. Del otro  lado de las vías quedaba la estación, que era poco más que un andén con un  cobertizo. Ningún vehículo tenían, pero el jefe opinó que tal vez pudiera  conseguir uno en un comercio que le indicó a unas diez, doce, cuadras.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Dahlmann  aceptó la caminata como una pequeña aventura. Ya se había hundido el sol, pero  un esplendor final exaltaba la viva y silenciosa llanura, antes de que la  borrara la noche. Menos para no fatigarse que para hacer durar esas cosas,  Dahlmann caminaba despacio, aspirando con grave felicidad el olor del trébol.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El  almacén, alguna vez, había sido punzó, pero los años habían mitigado para su  bien ese color violento. Algo en su pobre arquitectura le recordó un grabado en  acero, acaso de una vieja edición de <em>Pablo y Virginia</em>. Atados al palenque había  unos caballos. Dahlmam, adentro, creyó reconocer al patrón; luego comprendió que  lo había engañado su parecido con uno de los empleados del sanatorio. El hombre,  oído el caso, dijo que le haría atar la jardinera; para agregar otro hecho a  aquel día y para llenar ese tiempo, Dahlmann resolvió comer en el almacén.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">En  una mesa comían y bebían ruidosamente unos muchachones, en los que Dahlmann, al  principio, no se fijó. En el suelo, apoyado en el mostrador, se acurrucaba,  inmóvil como una cosa, un hombre muy viejo. Los muchos años lo habían reducido y  pulido como las aguas a una piedra o las generaciones de los hombres a una  sentencia. Era oscuro, chico y reseco, y estaba como fuera del tiempo, en una  eternidad. Dahlmann registró con satisfacción la vincha, el poncho de bayeta, el  largo chiripá y la bota de potro y se dijo, rememorando inútiles discusiones con  gente de los partidos del Norte o con entrerrianos, que gauchos de ésos ya no  quedan más que en el Sur.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Dahlmann se acomodó junto a la ventana. La oscuridad  fue quedándose con el campo, pero su olor y sus rumores aún le llegaban entre  los barrotes de hierro. El patrón le trajo sardinas y después carne asada;  Dahlmann las empujó con unos vasos de vino tinto. Ocioso, paladeaba el áspero  sabor y dejaba errar la mirada por el local, ya un poco soñolienta. La lámpara  de kerosén pendía de uno de los tirantes; los parroquianos de la otra mesa eran  tres: dos parecían peones de chacra: otro, de rasgos achinados y torpes, bebía  con el chambergo puesto. Dahlmann, de pronto, sintió un leve roce en la cara.  Junto al vaso ordinario de vidrio turbio, sobre una de las rayas del mantel,  había una bolita de miga. Eso era todo, pero alguien se la había tirado.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Los de  la otra mesa parecían ajenos a él. Dalhman, perplejo, decidió que nada había  ocurrido y abrió el volumen de Las Mil y Una Noches, como para tapar la  realidad. Otra bolita lo alcanzó a los pocos minutos, y esta vez los peones se  rieron. Dahlmann se dijo que no estaba asustado, pero que sería un disparate que  él, un convaleciente, se dejara arrastrar por desconocidos a una pelea confusa.  Resolvió salir; ya estaba de pie cuando el patrón se le acercó y lo exhortó con  voz alarmada:</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">-Señor Dahlmann, no les haga caso a esos mozos, que están medio alegres.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Dahlmann no se extrañó de que el otro, ahora, lo conociera, pero sintió que  estas palabras conciliadoras agravaban, de hecho, la situación. Antes, la  provocación de los peones era a una cara accidental, casi a nadie; ahora iba  contra él y contra su nombre y lo sabrían los vecinos. Dahlmann hizo a un lado  al patrón, se enfrentó con los peones y les preguntó qué andaban buscando.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El  compadrito de la cara achinada se paró, tambaleándose. A un paso de Juan  Dahlmann, lo injurió a gritos, como si estuviera muy lejos. Jugaba a exagerar su  borrachera y esa exageración era otra ferocidad y una burla. Entre malas  palabras y obscenidades, tiró al aire un largo cuchillo, lo siguió con los ojos,  lo barajó e invitó a Dahlmann a pelear. El patrón objetó con trémula voz que  Dahlmann estaba desarmado. En ese punto, algo imprevisible ocurrió.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Desde un  rincón el viejo gaucho estático, en el que Dahlmann vio una cifra del Sur (del  Sur que era suyo), le tiró una daga desnuda que vino a caer a sus pies. Era como  si el Sur hubiera resuelto que Dahlmann aceptara el duelo. Dahlmann se inclinó a  recoger la daga y sintió dos cosas. La primera, que ese acto casi instintivo lo  comprometía a pelear. La segunda, que el arma, en su mano torpe, no serviría  para defenderlo, sino para justificar que lo mataran. Alguna vez había jugado  con un puñal, como todos los hombres, pero su esgrima no pasaba de una noción de  que los golpes deben ir hacia arriba y con el filo para adentro. No hubieran  permitido en el sanatorio que me pasaran estas cosas, pensó.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">-Vamos saliendo- dijo el otro.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Salieron, y si en Dahlmann no había esperanza, tampoco  había temor. Sintió, al atravesar el umbral, que morir en una pelea a cuchillo,  a cielo abierto y acometiendo, hubiera sido una liberación para él, una  felicidad y una fiesta, en la primera noche del sanatorio, cuando le clavaron la  aguja. Sintió que si él, entonces, hubiera podido elegir o soñar su muerte, ésta  es la muerte que hubiera elegido o soñado.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Dahlmann empuña con firmeza el cuchillo, que acaso no  sabrá manejar, y sale a la llanura.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">La casa de Asterión</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;"><em><span style="font-size:x-small;">Y la reina dio a luz un hijo  que se llamó Asterión.<br />
Apolodoro, Biblioteca, III,I</span></em></span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Sé que me acusan de soberbia, y tal vez de misantropía,  y tal vez de locura. Tales acusaciones (que yo castigaré a su debido tiempo) son  irrisorias. Es verdad que no salgo de mi casa, pero también es verdad que sus  puertas (cuyo número es infinito<sup><a href="http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/borges/casade.htm#*" target="_self">*</a>) </sup>están abiertas día y noche a los hombres y  también a los animales. Que entre el que quiera. No hallará pompas mujeriles  aqui ni el bizarro aparato de los palacios, pero sí la quietud y la soledad.  Asimismo hallará una casa como no hay otra en la faz de la Tierra. (Mienten los  que declaran que en Egipto hay una parecida.) Hasta mis detractores admiten que  no hay un solo mueble en la casa. Otra especie ridícula es que yo, Asterión, soy  un prisionero. ¿Repetiré que no hay una puerta cerrada, añadiré que no hay una  cerradura? Por lo demás, algún atardecer he pisado la calle; si antes de la  noche volví, lo hice por el temor que me infundieron las caras de la plebe,  caras descoloridas y aplanadas, como la mano abierta. Ya se había puesto el  Sol, pero el desvalido llanto de un niño y las toscas plegarias de la grey  dijeron que me habían reconocido. La gente oraba, huía, se prosternaba; unos se  encaramaban al estilóbato del templo de las Hachas, otros juntaban piedras.  Alguno, creo, se ocultó bajo el mar. No en vano fue una reina mi madre; no puedo  confundirme con el vulgo, aunque mi modestia lo quiera.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El hecho es que  soy único. No me interesa lo que un hombre pueda trasmitir a otros hombres; como  el filósofo, pienso que nada es comunicable por el arte de la escritura. Las  enojosas y triviales minucias no tienen cabida en mi espíritu, que está  capacitado para lo grande; jamás he retenido la diferencia entre una letra y  otra. Cierta impaciencia generosa no ha consentido que yo aprendiera a leer. A  veces lo deploro porque las noches y los días son largos.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Claro que no me  faltan distracciones. Semejante al carnero que va a embestir, corro por las  galerías de piedra hasta rodar al suelo, mareado. Me agazapo a la sombra de un  aljibe o a la vuelta de un corredor y juego a que me buscan. Hay azoteas desde  las que me dejo caer, hasta ensangrentarme. A cualquier hora puedo jugar a estar  dormido, con los ojos cerrados y la respiración poderosa. (A veces me duermo  realmente,  a veces ha cambiado el color del día cuando he abierto los ojos).  Pero de tantos juegos el que prefiero es el de otro Asterión. Finjo que viene a  visitarme y que yo le muestro la casa. Con grandes reverencias le digo: <em> Ahora volvemos a la encrucijada anterior o Ahora desembocamos en otro patio o Bien  decía yo que te gustaría la canaleta o Ahora verás una cisterna que se llenó de  arena o Ya veras cómo el sótano se bifurca</em>. A veces me equivoco y nos  reímos buenamente los dos.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">No sólo he  imaginado esos juegos; también he meditado sobre la casa. Todas las partes de la  casa están muchas veces, cualquier lugar es otro lugar. No hay un aljibe, un  patio, un abrevadero, un pesebre; son catorce (son infinitos) los pesebres,  abrevaderos, patios, aljibes. La casa es del tamaño del mundo; mejor dicho, es  el mundo. Sin embargo, a fuerza de fatigar patios con un aljibe y polvorientas  galerías de piedra gris he alcanzado la calle y he visto el templo de las Hachas  y el mar. Eso no lo entendí hasta que una visión de la noche me reveló que  también son catorce (son infinitos) los mares y los templos. Todo está muchas  veces, catorce veces, pero dos cosas hay en el mundo que parecen estar una sola  vez: arriba, el intrincado Sol;. abajo, Asterión. Quizá yo he creado las  estrellas y el Sol y la enorme casa, pero ya no me acuerdo.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Cada nueve años  entran en la casa nueve hombres para que yo los libere de todo mal. Oigo sus  pasos o su voz en el fondo de las galerías de piedra y corro alegremente a  buscarlos. La ceremonia dura pocos minutos. Uno tras otro caen sin que yo me  ensangriente las manos. Donde cayeron, quedan, y los cadáveres ayudan a  distinguir una galería de las otras. Ignoro quiénes son, pero sé que uno de  ellos profetizó, en la hora de su muerte, que, alguna vez llegaría mi redentor.  Desde entonces no me duele la soledad, porque sé que vive mi redentor y al fin  se levantará sobre el polvo. Si mi oído alcanzara todos los rumores del mundo,  yo percibiría sus pasos. Ojalá me lleve a un lugar con menos galerías y menos  puertas. ¿Cómo será mi redentor?, me pregunto.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">¿Será un toro o un  hombre? ¿Será tal vez un toro con cara de hombre? ¿O será como yo?</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El Sol de la  mañana reverberó en la espada de bronce. Ya no quedaba ni un vestigio de  sangre.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">-¿Lo creerás,  Ariadna? -dijo Teseo-. El minotauro apenas se defendió.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;"><br />
</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Las ruinas circulares</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Nadie lo vio desembarcar en la unánime noche, nadie vio la  canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie  ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las  infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña,  donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la  lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin  apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes  y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un  tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de  la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que  la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El  forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin  asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no  por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese  templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles  incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo  propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata  obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable  de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron  que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban  su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla  dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí  sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e  imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de  su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de  su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo  inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de  los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades  frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su  cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Al principio, los sueños eran caóticos; poco después,  fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un  anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos  taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos  siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El  hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros  escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si  adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su  condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en  el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se  dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una  inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura  que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su  doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable.  Los primeros, aunque dignos de amor y de buen afecto, no podían ascender a  individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las  tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el  amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo  alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados  que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca  eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones  particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino.  El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana  luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había  soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se  abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la  cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo  rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado  unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi  perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente  y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer  un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior:  mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara.  Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme  alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo.  Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había  malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo  logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese  período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de  la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río,  adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre  poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño  cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo;  con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo  percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a  observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde  muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar  con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo  satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón,  invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos  principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo  innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un  mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche  tras noche, el hombre lo soñaba dormido.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo  Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán  de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una  tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera  valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se  arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e  imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó  viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos  criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple  dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y  en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente  animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego  mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una  vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas  pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel  edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que  finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto  del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la  necesidad pedagógica, dilataba cada día las horas dedicadas al sueño. También  rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión  de que ya todo eso había acontecido&#8230; En general, sus días eran felices; al  cerrar los ojos pensaba: <em>Ahora estaré con mi hijo</em>. O, más raramente: <em> El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy</em>.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez  le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en  la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió  con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer -y tal vez impaciente.  Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos  blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes  (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre  como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los  crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal  vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas  circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los  hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo  ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida  estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un  tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros  en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero  le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego  y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que  de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que  su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por  atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera  de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la  proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo!  A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una  mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de  aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches  secretas.</span></p>
<p><span style="color:#ff9900;">El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo  prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota  nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que  tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que  herrumbraron el metal de las noches; después la fuga pánica de las bestias.  Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del  dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago  vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó  refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su  vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos  no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin  combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también  era una apariencia, que otro estaba soñándolo.</span></p>
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